lunes

EL INFIERNO


Durante 2000 años nada ha causado más temor entre los cristianos que el infierno, un lugar destinado a castigar en las llamas a las almas perdidas por toda la eternidad. Libros, poemas y relatos lo han descrito como un fuego que no se extingue jamás, en el que los pecadores pagan sus faltas para siempre. Ha sido un pilar importante en la catequesis de la religión católica, a la par con la idea del cielo, donde las almas bondadosas alcanzan la gloria perpetua. Por eso, la noticia de que el papa Francisco habría dicho que el infierno no existe y que las almas alejadas de Dios simplemente desaparecen causó una tormenta internacional que dejó un mar de dudas.

Eugenio Scalfari, de 93 años, cofundador del diario La Repubblica, considerado la biblia de la izquierda italiana, causó el revuelo cuando publicó el Jueves Santo un artículo titulado ‘Me siento orgulloso de ser considerado revolucionario’, producto de una conversación que sostuvo días antes con el sumo pontífice. Ante la pregunta de qué suerte tenían al momento de la muerte aquellos pecadores impenitentes, Francisco habría contestado “ellos no son castigados. Aquellos que se arrepienten logran el perdón de Dios y toman su lugar entre las filas de quienes lo siguen. Pero los que no se arrepienten no son perdonados y desaparecen. El infierno no existe; existe la desaparición de las almas pecadoras”.

Muchos pensaron que la afirmación estaba totalmente sintonizada con el pensamiento del sumo pontífice, quien ha promulgado la idea de un Dios misericordioso más que castigador. Después de todo, en su papado ha revisado algunos temas como, por ejemplo, frente a los homosexuales, de quienes dijo en 2013: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”. También ha mostrado compasión por aquellos que optan por métodos anticonceptivos no naturales, como también ha dicho que no se debería excomulgar a aquellas mujeres que han abortado o a los divorciados que se vuelven a casar sin anular antes el vínculo religioso.

En ese contexto, la idea de abolir el infierno tenía sentido. “Gracias al cielo: ¡no hay infierno!”, titularon algunos medios internacionales que recogían el clamor de quienes se sintieron liberados de ese tormento. Pero los más conservadores pensaron que esas declaraciones iban contra la doctrina católica que establece claramente su existencia y su eternidad: “Inmediatamente después de la muerte, las almas de aquellos que mueren en estado de pecado mortal descienden al infierno, donde sufren los castigos del fuego eterno”.

El revuelo generado llevó al Vaticano a aclarar, en plena semana de Pascua, que las declaraciones eran simples interpretaciones del veterano periodista, que no suele grabar sus conversaciones ni tiende a citar fielmente a sus entrevistados. Scalfari es un filósofo ateo y, a pesar de estar en la orilla opuesta en cuestiones de fe, ha sido cercano al papa. Esta era, en efecto, su quinta charla con él y ya en otras ocasiones sus escritos causaron tal controversia que la Santa Sede tuvo que emitir aclaraciones. A pesar de eso, el papa Francisco lo sigue invitando, pues considera estimulantes las conversaciones con sus detractores. En esta oportunidad, el comunicado del Vaticano confirmó la reunión, pero insistió en que no era una entrevista y, por lo tanto, las palabras citadas en boca del papa “no deberían ser consideradas una transcripción fiel”.

Scalfari, sin embargo, reiteró que recordaba que el padre había dicho que el infierno no existía, pero también señaló que “es posible que yo cometa errores”. Mientras tanto, expertos en teología recordaron que el propio Francisco dijo en 2017 que aquellos “con una vida sin Dios se arriesgan a ir al infierno”. Todo eso dejó a medio mundo confundido. La pregunta no era solo si el infierno existe o no, sino si será el lugar ardiente, con un gran lago de fuego administrado por un diablo rojo de cachos, cola y tridente en mano, que todos imaginan.

En últimas, el concepto de infierno sí existe, pero no como la mayoría lo imagina. Según el padre Héctor Lugo, el infierno “no es un sitio, sino una situación que se vive”, dice. Lo que propiciaría llegar a ese infierno es rechazar a Dios y no seguir las enseñanzas del evangelio: actuar de manera egoísta, avara, prepotente. En esa lógica, el cielo tampoco sería el paraíso colorido que visualizan muchos, sino un estado de amor y felicidad.

La confusión resulta normal, pues la Biblia es una construcción de figuras literarias, pero la labor de la teología, una disciplina en constante cambio, debe ir más allá de esas miradas. “La interpretación de la Biblia en la Segunda Guerra Mundial es muy diferente a la que se hace hoy”, añade Lugo. Eso hizo el papa Juan Pablo II cuando redactó las catequesis sobre el cielo y el infierno, en las que refleja lo que la Iglesia entiende por esos dos conceptos. Según Carlos Novoa, jesuita y doctor en teología, hay dos paradigmas: el de la vida eterna, que sería el cielo, y el de la muerte eterna, es decir, el infierno. “Si dejo invadir mi vida por el amor de Dios y vivo conforme a las enseñanzas del evangelio, su existencia permanece para siempre en la vida. La muerte eterna es optar por el mal y hacerles daño a los demás, como sucede con los que roban, matan y se guían por el egoísmo”, señala.

Al morir, sin embargo, las almas no se desprenden del cuerpo y salen volando a un sitio, sino que cada cual vive ya sea la experiencia de cielo, que sería parecido a gozar el amor y la felicidad, o la del infierno, en cuyo caso sería vivir en la soledad y la tristeza eternas. “Cuando termina la existencia aquí, quienes han estado en el amor de Jesús reciben la vida eterna, y los que no, reciben la muerte eterna y esa persona queda en soledad absoluta. Ese es el infierno”, señala Novoa.

Esos conceptos han hecho que la idea del más allá también cambie por el concepto del más acá, pues es posible empezar a vivir ambos estados en la vida terrenal. “El diablo me tienta aquí”, dice Lugo y explica que el infierno es también aquí. El mal existe y se siente en el corazón de cada cual cuando hay sufrimiento, envidia, egoísmo, peleas de familia o arrogancia de poder. Para aclararles a los fieles este concepto, el papa Francisco encontró un ejemplo cercano en la infelicidad que viven las parejas durante una crisis matrimonial. Ese es un buen ejemplo del infierno.

Del mismo modo, es posible experimentar el cielo aquí. “Qué más paraíso que la felicidad eterna en el amor con Dios”, dice y explica que es la misma experiencia del amor de padre o madre, que es el más grande. Tampoco hay un Dios que juzga quién va para un lado y quién para el otro, porque cada cual escoge vivir sus propios cielos e infiernos. “El diablo existe. La pregunta es quién es. No el señor de cachos y rabo, sino todo lo que se aparte de Dios, en otras palabras, somos nosotros mismos”.

Y si el infierno como lugar no existe, todo parece indicar que Scalfari no estaría errado. Francisco habría querido decir que sí existe como un estado, pues “sería injusto que alguien que hace el mal quede sin castigo frente a los que hacen el bien”, explica Lugo. Lo importante, dicen los expertos, es recordar que el cielo y el infierno empiezan aquí y que no lo hace Dios, sino cada cual. Cada individuo se condena.

domingo

EL PURGATORIO


¿Qué es? ¿Un lugar físico? ¿Una nube?

Definido como "un estado del alma transitorio de purificación y expiación donde, después de la muerte, las personas que han muerto en estado de gracia sufren la pena temporal que aún se debe a los pecados perdonados y, tal vez expían sus pecados veniales no perdonados para poder acceder a la visión beatífica de Dios".

Según las iglesias católica y ortodoxa copta, fundada por el apóstol Marcos en Alejandría, Egipto, siglo I, si alguna vez se creyó al Purgatorio como espacio físico…, ya no.

Se trata de una construcción intelectual. Un concepto. Lo mismo que el Cielo y el Infierno, sin música celestial ni llamas y demonios con tridentes…

Aunque tardara siglos, esa revisión eclesiástica es coherente. Porque si se trata de almas, incorpóreas por definición y comprobación… ¿por qué habrían de asentarse, gozar, penar o sufrir en sitios materiales, por otra parte indefinibles: ¿inmensos, pequeños, lejanos o cercanos de la Tierra, el Cielo o el Infierno?

Aclaración fundamental: puesto que todo aquel que entra al Purgatorio llegará (tarde o temprano) al Cielo, no debe ser tomado como una forma menor, módica, del Infierno…

La única descripción de esa estación intermedia que permanece es la de Dante Alighieri en su Divina Comedia, escrita en 1307. En ese monumento literario inmortal… el Purgatorio es una gran montaña dividida en siete rellanos donde las ánimas purgan un pecado distinto para alcanzar la cima: el Paraíso Terrenal.

Las únicas iglesias que sostienen la existencia del Purgatorio como realidad –aunque también incorpórea– son la católica y la copta. Ésta, fundada en Alejandría, Egipto, por el apóstol Marcos en el siglo I.


jueves

BUSCANDO UN PROPOSITO


¿Tiene el universo un propósito? Tremenda pregunta, de supuesto gran calado filosófico. El sentido, el fin, la meta, el propósito. Los filósofos y pensadores especulativos acostumbran a plantearse preguntas de este tipo, y suelen también señalar que tales cuestiones marcan un ámbito inalcanzable para la ciencia y la investigación empírica del mundo natural. Por su parte, los físicos, o la mayoría, suelen eludir la cuestión. Argumentan que la pregunta no “tiene sentido” (justamente!) desde una óptica científica, o prefieren dejar la cuestión en manos de los profesionales del sentido.

Desde un punto de vista rigurosamente materialista y fisicalista, podríamos argumentar que las preguntas existenciales y de gravedad filosófica tienen significado solo para las peculiares criaturas que somos (homo sapiens, según nos clasifican los zoólogos), y ello porque hay un rasgo de nuestro cerebro que así lo determina.

El proceso evolutivo y sus mecanismos nos ha otorgado dicho rasgo (la búsqueda de sentido o propósito) por razones de eficacia y supervivencia, pero qué razones son esas es algo que no hemos conseguido establecer, o no del todo. Es fácil imaginar porqué la evolución nos ha dotado, por ejemplo, en un contexto de supervivencia, de manos capaces de sujetar con firmeza y precisión. Agarramos armas y herramientas con asombrosa destreza, lo cual fue devastador en su dia para los otros animales: nuestra alimentación pasó de las bayas a los bistecs. Pero ¿ qué pasa con cosas como el sentido artístico y sus ensoñaciones, rasgos radicalmente humanos, y que no logramos entender que propósito pueden tener cara a la eficacia de la transmisión de los genes egoístas?


martes

CUATRO MIL RELIGIONES


Si usted cree ciegamente en alguna de las 4.200 religiones que existen en el mundo, seguramente su fe merezca un hueco en uno de esos 4.200 cielos que habitualmente se contradicen unos a otros. Durante milenios, millones de personas han creído en dioses que hoy ni siquiera se recuerdan. Los humanos les rezaron, les erigieron templos e incluso mataron por ellos, pero hoy aquellos seres todopoderosos no existen. Tampoco existían entonces, pero ahora no existen ni en la memoria colectiva. Son religiones extinguidas.

Un paseo por la mayor colección privada de manuscritos del mundo, con casi 14.000 piezas que se remontan a los 5.000 años de antigüedad, podría hacer temblar las convicciones de cualquier persona religiosa. Es la colección Schøyen, acumulada en Oslo por el empresario noruego Martin Schøyen. En uno de sus manuscritos, una tablilla de arcilla de hace 4.400 años, aparece una recopilación de dioses sumerios: Enlil, Ninlil, Enki, Nergal, Hendursanga, Inanna-Zabalam, Ninebgal, Inanna, Utu, Nanna. Lo fueron todo. Se legisló en su nombre. Sus historias, como las de todos los dioses, eran la Verdad revelada coma por coma y punto por punto. Y hoy no son nada.

La sumeria, florecida en lo que hoy es Irak, no es la única religión extinguida representada en la colección Schøyen. También aparecen amuletos dedicados a Enki, el dios del agua dulce en el que creían los asirios hace 2.800 años; papiros egipcios dedicados a Osiris hace más de 3.000 años, espejos de bronce con inscripciones dedicadas a dioses etruscos y rituales contra la migraña practicados por los sacerdotes babilónicos hace 4.000 años.

Son cinco religiones extinguidas sin salir de la colección del empresario noruego, pero el número total de dogmas y evangelios desaparecidos es incalculable. En realidad, ni siquiera se sabe con certeza cuántas creencias diferentes siguen vivas. “Se puede afirmar con seguridad que nadie sabe con exactitud cuántas religiones hay, aunque la mejor estimación es 4.200”, señala el filósofo estadounidense Kenneth Shouler en su libro The Everything World’s Religions Book. Es la misma cifra que ofreceAdherents.com, una página web especializada en acumular datos de religiones actuales. Otros cientos habrían desaparecido, o incluso miles, si tenemos en cuenta que muchos paleoantropólogos sostienen que otras especies humanas, como losneandertales, tuvieron creencias religiosas cientos de miles de años antes que la nuestra. De aquellas especies quedan huesos fósiles. De sus religiones, ni eso.

El profesor estadounidense Daniel Abramssaltó a los medios de comunicación en 2011, cuando su equipo vaticinó mediante modelos matemáticos la desaparición de las religiones a medio plazo en los nueve países que estudiaron. Eran Australia, Austria, Canadá, la República Checa, Finlandia, Irlanda, Países Bajos, Nueva Zelanda y Suiza, países en los que los censos disponían de datos de afiliación religiosa en el último siglo.

Sin embargo...¡nada más lejos de la realidad!

domingo

LA PALABRA DE DIOS


En 1631, los impresores reales de Londres editaron una traducción al inglés de la Biblia, pero se comieron una palabra. En el versículo 14 del capítulo 20 del Éxodo, se extravió un “no”. El problema es que se trataba del séptimo mandamiento, que quedó: “Cometerás adulterio”. De inmediato, las autoridades ordenaron perseguir los 1.000 ejemplares publicados y quemarlos, aunque, casi cuatro siglos después, todavía sobreviven 11 de las llamadas Biblias Adúlteras. Una de ellas se puede contemplar en un museo de la Universidad Bautista de Houston (EE UU).

Otra Biblia, la primera impresa en inglés en Irlanda, en 1716, convirtió “go and sin no more” (“no peques más”) en “go and sin on more” (“sigue pecando”). Muchas de sus 8.000 copias jamás pudieron ser recuperadas y destruidas.

“Se conocen más de 20.000 versiones manuscritas del Nuevo Testamento y solo unas pocas son idénticas entre sí”, explica el genetista Steve Jones en su nuevo libro, Ciencia y creencia. La promesa de la serpiente (editorial Turner). El físico Albert Einstein sostenía que “la Biblia es una colección de leyendas honorables, aunque primitivas, y en cualquier caso bastante infantiles”. Jones, nacido en Gales en 1944 y antiguo jefe del Departamento de Genética del University College de Londres, intenta ser más respetuoso en una obra que escudriña los versículos bíblicos desde el punto de vista de un científico.

A lo largo de 358 páginas, con una claridad poco habitual en los científicos reconvertidos a divulgadores, Jones intenta “echar una ojeada fresca” a uno de los libros más influyentes de la historia. George Washington, primer presidente de EE UU entre 1789 y 1797, afirmaba que “resulta imposible gobernar el mundo correctamente sin Dios y sin la Biblia”. Mucho más recientemente, su sucesor George W. Bush proclamó: “Siento que Dios quiere que me presente como candidato a la presidencia”.

Hoy, expone Jones, dos tercios de los estadounidenses confían en Dios con absoluta certeza y la mitad de ellos asevera que Jesucristo no tardará en volver. La mayor parte de los ciudadanos preferiría votar para presidente a un mormón, a un judío o a un homosexual que a un ateo. Y un tercio de la población cree que la Biblia ha de interpretarse de manera literal. La zarza en llamas hablaba y la mujer surgió de la costilla del hombre.

Jones se encuentra en la otra trinchera. Aunque sostiene que su libro “no pretende ser una declaración a favor o en contra del placer de las sectas; ni un ataque o una defensa, del cristianismo o de cualquier otro credo”, es difícil que un cristiano no se replantee su fe después de leer Ciencia y creencia. A medida que la doble hélice de ADN de nuestras células se copia, por ejemplo para concebir un hijo, se va llenando de errores, señala el genetista. Cada recién nacido presenta alrededor de 60 mutaciones. Y lo mismo ocurre con los pergaminos escritos una y otra vez por los escribas, como demuestran la Biblia Adúltera y la Biblia Pecadora.

Acumulando versiones, recuerda Jones, el cristianismo ha tenido 10.000 credos diferentes, muchos de ellos enfrentados entre sí. Desde los tiempos bíblicos hasta la invasión de Irak, se han producido unas 2.000 guerras. “Unos 120 de estos conflictos tuvieron una base eminentemente religiosa”, calcula. Analizar, y en muchos casos desmantelar, la Biblia, el Talmud o el Corán es, para Jones, mucho más que un pasatiempo intelectual.

En su libro, el investigador recurre a la geomitología, la disciplina que utiliza la ciencia para buscar los orígenes de las leyendas religiosas. En el caso del Diluvio Universal y el Arca de Noé, Jones recuerda que hay 300 relatos similares sobre inundaciones en todo el mundo. Uno de ellos surgió en Babilonia, en el actual Irak. Su dios decidió exterminar a toda la humanidad excepto a un gobernante llamado Atrahasis, a quien avisó para que construyera un barco para su familia y los animales.

Atrahasis, continúa Jones, existió. Fue señor de Sumeria 3.000 años antes del presunto nacimiento de Jesucristo. Y las excavaciones en los restos de su ciudad muestran las huellas de una gigantesca crecida del río Éufrates en aquella época.

Sin embargo, Jones no se reduce a la manida geomitología. También busca incoherencias (“en el Génesis, por ejemplo, el hombre es creado tanto antes como después de los animales”) y hasta errores de Dios. En el Libro de Job, el Señor explica al profeta que el nivel de los océanos es inmutable, porque durante la Creación le ordenó a la marea: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí cesará la arrogancia de tus olas”.

“Desde la época del éxodo hasta el siglo XX mantuvo su promesa, pues el límite de la marea alta se hallaba más o menos estable, pero desde principios de la década de 1990 se ha producido un aumento medio de unos tres milímetros al año [por el cambio climático]”, bromea Jones.

El genetista también indaga en el origen de la fe en el cerebro humano y acaba con una propuesta. “Así como se han superado los obstáculos de la lengua, la raza y la distancia que otrora nos dividían, ha llegado el momento de abandonar esta última restricción que constituye la religión, que hace mucho más por separar que por unir”. Su sustituto, opina, es la ciencia.